Nuevos Problemas, Viejas Ideas

En los tiempos actuales, nos enfrentamos a problemas sociales, económicos y políticos con perfiles y características completamente diferentes a los que padecíamos no hace tanto tiempo.

Hace unos años, las guerras civiles en Siria y Libia o el avance del Estado Islámico hubieran sido conflictos locales de los que sólo habrían llegado sus ecos al mundo desarrollado (quizás) a través de las noticias en los medios de comunicación.

Hoy, han originado un fuerte movimiento migratorio hacia Europa que nuestro continente no sabe cómo afrontar ni solucionar.

Cuando, hasta hace nada, el gran problema económico en Occidente parecía ser el control de la inflación y no había dudas de que el problema del crecimiento se había resuelto para siempre, ahora nos encontramos en la situación contraria: tenemos serios problemas para crecer y la deflación amenaza con agudizar nuestra gris coyuntura.

Sólo hasta ayer, el horizonte de China parecía ser el de desarrollarse viento en popa a toda vela y se decía que era inminente el momento en que sobrepasase a Estados Unidos como primera potencia mundial.

Hoy, el gigante asiático parece que se tambalea y no somos capaces de calibrar cuáles serán las consecuencias de su caída en el resto del mundo. Cuando no existían recelos sobre la invasión de la intimidad y la privacidad por parte de los gobiernos en los países democráticos, las revelaciones realizadas por Wikileaks y por Edward Snowden nos han puesto en alerta sobre la existencia de un sofisticado sistema de control del que nadie puede considerarse a salvo.

Cuando parecía que el papel de la ciudadanía había quedado delimitado dentro de unos cauces relativamente estrictos, la Primavera Árabe y la aparición de nuevos movimientos políticos en Europa han puesto en discusión las reglas de juego existentes.

Frente a toda esta realidad, todos nos sentimos, de algún modo, abrumados y sobrepasados. Y ello se debe, en gran medida, en que seguimos utilizando viejas ideas, es decir, viejas herramientas, para problemas que no tienen nada que ver con los del pasado.

Seguimos pensando, por ejemplo, en soluciones nacionales a los problemas cuando ya estamos en un mundo profundamente interrelacionado donde ningún país o sociedad se puede salvar solo de los peligros que le acechan. Seguimos anclados en la vieja dialéctica izquierda-derecha cuando las medidas a adoptar en el futuro no estarán escoradas hacia un lado u otro del arco político sino que, con toda probabilidad, tendrán elementos de ambas tendencias.

Seguimos obsesionándonos con la especialización cuando hay que crear mecanismos que integren a distintas ciencias y disciplinas para poder volver a crear un pensamiento unitario y global. Seguimos ideando modelos a ejecutar centralizada y burocráticamente cuando cada vez es más imprescindible que la ciudadanía participe en el diseño e implantación de los mismos.

Por desgracia, antes que las nuevas ideas aparezcan, las viejas, bajo su apariencia convencional o vestidas con ropajes nuevos, harán acto de presencia, querrán imponer su visión de la realidad y pueden, incluso, bajo el aire de su atractiva simplicidad, resultar sugerentes a muchos sectores sociales. Lo ideal sería que, antes de que demuestren que sólo pueden llevar al fracaso, un pensamiento adaptado a la realidad del siglo XXI pueda irrumpir con fuerza y traer los cambios que el mundo necesita.

Pero el porvenir no está escrito y la Historia nos ha demostrado que, en muchas ocasiones, los procesos de transición son largos y dolorosos. Aunque los problemas son de gran magnitud, no es menos verdad que contamos con medios de divulgación y comunicación (gracias, sobre todo, a internet) que abren posibilidades que antes sólo eran una entelequia. Estos medios son la gran esperanza y la gran oportunidad para que el futuro se abra camino lo antes posible.