Relatos Cortos de Ciencia Ficción- “Los Intrusos” – Capítulo 3

relatos cortos de ciencia ficción  capítulo 3

Harry Ford se hizo muy pronto una clara composición de lugar. Un grupo de 9-10 clones suelto por Megápolis y pasando completamente desapercibidos….. ¿Cómo podían comprar los productos básicos y, simplemente, sobrevivir? Cada persona debía tener su propia Tarjeta Complex, necesaria para todo tipo de adquisiciones, para acceder a cualquier servicio y para desenvolverse en todo acto de la vida cotidiana.

La Tarjeta Complex iba asociada al chip identificador. Aunque este era difícil de manipular, la Tarjeta Complex era un caso distinto. Ahí había mayores posibilidades de fraude. Pero, al ir asociada al chip identificador, si alguien quería fabricar una Tarjeta Complex falsa, previamente tendría que haber detectado que el chip correspondía a un clon.

Eso suponía un obstáculo adicional desde el punto de vista técnico pero no insalvable. Lo importante era el elemento psicológico de la cuestión: a cualquier ciudadano normal de Megápolis, aunque falsificase Tarjetas Complex, se le pondrían los pelos de punta al darse cuenta de que había clones vivos en el Planeta Tierra. La única posibilidad es que fuera alguien con escasos escrúpulos morales y con un nivel tecnológico elevado. Sólo había una persona que se ajustara a ese perfil: Voss Yaba, uno de los gangsters más peligrosos de la ciudad.

Harry pidió al Comandante un equipo de ocho personas para acceder al Empire Club, el centro de operaciones de las turbias actividades de Yaba. Debían ser doce de las personas más cualificadas del Grupo Operativo porque los matones que andaban repartidos por todo el club eran los sicarios más peligrosos del mundo y con ellos no había que tener contemplaciones. Uno de los miembros mejor preparados del Grupo, Rip Ley, le acompañaría en la visita al despacho de Yaba, visita que se temía que no iba a acabar demasiado bien.

El viernes por la noche, seis agentes infiltrados en la discoteca de Yaba iban vigilando los movimientos de todos quienes casi colapsaban uno de los clubes más famosos de la ciudad. Precisamente por el carácter canalla que saturaba todo el ambiente, producía un morbo inexplicable el estar allí y ver a los extraños sujetos que entraban y salían del despacho del jefe de todo ese tinglado. Cada uno de los agentes, llevaba un Identificador y un Desactivador y sabían que esas dos armas serían suficientes para apagar cualquier resistencia de la guardia de corps del gangster.

Harry sabía que Yaba lo recibiría en el mismo momento en que anunciara su visita. Su número dos les haría pasar dejando a todos quienes aguardaban con ansiedad la autorización para poder ver al jefe con un palmo de narices. Él era un héroe de la guerra contra los clones y Yaba no iba a hacerle esperar con el fin de marcar las distancias y su propio territorio. Sería inútil. Lo mejor era respetar a quien contaba con la admiración ciudadana y ya, según como se desarrollara la conversación, darle largas con elegancia y saber estar.

Todo sucedió según lo previsto. Harry y Rip no tuvieron que esperar más de cinco minutos.

– Es todo un honor poder recibirle en mi humilde local – dijo Yaba-. ¿Qué puedo hacer por usted?

(Era curioso ver cómo se comportaba como si Rip no existiera. El respeto era para Harry. A Rip lo consideraba un don nadie.)

– Es muy fácil, señor Yaba. Usted ha falsificado las Tarjetas Complex a un grupo de 9 o 10 clones. Y queremos saber quiénes son y dónde podemos localizarlos.

Rip se quedó petrificado. No se esperaba que Harry lanzara a bocajarro la acusación al gangster en su propia “casa”. Sin embargo, Yaba reaccionó con suma frialdad.

– ¿Clones? Pero si los clones ya son historia… ¿Cómo puede decirme eso, señor Ford? Yo soy un ciudadano honrado, que quiere cumplir con las leyes y que, bajo ningún concepto, ayudaría a unos clones en caso de que estuvieran en nuestro planeta…

– Señor Yaba. Tenemos ocupado el Empire Club. Y usted sabe que, tratándose de clones, las garantías jurídicas son papel mojado. Podemos arrestar o aniquilar a todos aquellos que puedan resultar sospechosos del delito de colaboración… Así de simple…

Yaba miró fijamente a Harry Ford. Reflexionaba. De repente, se levantó de su butaca y empezó a caminar por el amplio despacho.

– Está claro que esta noche tendremos que poner las cartas sobre la mesa – dijo, por fin, al cabo de casi dos minutos sin hablar-. ¿A usted no le extraña que yo haya podido desarrollar mis actividades durante todos estos años sin que haya habido una acción policial que pusiera fin a las mismas?

– Ese no es mi problema en este momento…

– Se equivoca. Ese es su problema. Más de lo que piensa. ¿De verdad que usted nunca ha sospechado o, ni tan siquiera imaginado o intuido, la verdad sobre todo ese asunto de los clones?